Es difícil mantener a la bestia a dieta.

16 Junio 2022
Es difícil mantener la bestia a raya

Cada mañana salía de casa cargado de buenas intenciones.

-Hoy va a ser un buen día. Tranquilo. Sin malos rollos. Sin cabreos.- Cada día se repetía este mantra antes de subir en la moto.

Cada vez llevaba peor la impaciencia de la gente que siempre iba con prisa, empujando a los demás para que saliesen de en medio. Dando bocinazos. Pegándose al culo del coche de delante para que el otro se apartase.

El egoísmo que había invadido el mundo le saturaba, pero seguía intentando estar al margen de esa corriente y tolerarla. Aunque era una tarea difícil. No quería entrar en ese juego y dejarse llevar.

A pesar de todos los pensamientos de buena voluntad, en cuanto salía a la calle, en cuanto llegaba a la primera rotonda, al primer cruce... siempre aparecía el imbécil de turno que no veía más que a si mismo e irrumpía liándola de alguna manera. Saltándose el ceda el paso, colándose o frenando de golpe sobresaltando a los que estaban frente a él. El mundo se había plagado de esta suerte de tipejos que hacían la convivencia muy difícil.

Antes de ir al trabajo, siempre pasaba por los contenedores de la esquina para tirar la basura del día anterior. Iba con la moto porque la bolsa era pequeña y podía llevarla, sin problemas, colgando del asiento.

Al llegar a la curva, en cuyo vértice empalmaba una calle con un stop, un coche que circulaba por esa calle al doble de la velocidad le sobresaltó porque no hizo ni el gesto de aminorar la marcha. Simplemente se limitó a dar un quiebro con el volante para esquivarlo y pasar a unos pocos centímetros de la moto.

Se pegó un susto de muerte. Ya se veía arrollado por el cazurro del Seat León. Un macarra carne de polígono.

Paró la moto y miró a su alrededor. No había nadie. Sólo el coche que se alejaba por la calle.

Se metió detrás de un seto y dejó salir a la bestia que llevaba dentro. En unos pocos segundos, él, un tío tranquilo que intentaba torear, con toda la paciencia que podía, a ese rebaño de burros que poblaban el mundo, se había convertido en un licántropo de dos metros de estatura.

Emprendió una carrera sobrehumana hacia el coche que se perdía ya al final de la calle. Le dió alcance y de un salto se plantó encima del capó del vehículo. El quinqui dió un grito de terror que se apagó cuando una garra le arrancaba del asiento a través del parabrisas. Lo devoró.

Volvió a la moto que había dejado aparcada en la curva y recobró la forma humana. Nadie lo había visto.

Tiró la basura y se dirigió al trabajo pensando que, con el número creciente de cabestros, cada vez resultaba más difícil mantener a la bestia a dieta.

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Kike Fernández

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