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El enemigo público

08 Julio 2024

Había tenido mejores momentos en su vida, sin duda. 
Que lo acusaran de ser un borracho violento que había arruinado una boda era una mentira flagrante y demostraba lo poco que lo conocían en realidad. 
Resultaba increíblemente injusto que lo consideraran el único responsable de lo sucedido. 
Todo comenzó cuando un camarero lo insultó y lo agarró del cuello. En respuesta, le dio una bofetada y le exigió una disculpa. 

 -Lo siento, iba borracho y no me gusta que me cojan del cuello. Cuando voy sereno creo que tampoco. -Declaró-.

Fue entonces cuando varias personas, también borrachas, se abalanzaron sobre él de forma violenta. Un gordo de metro ochenta y cinco, que no le conocía de nada, con ganas de meterle cuatro hostias a alguien -seguramente borracho, porque si no lo estaba, debería pedir ayuda profesional-, lo embistió por detrás y lo tiró al suelo, rompiéndole el ligamento lateral de la rodilla derecha. Eso dijo el traumatólogo.
Otros brazos rodearon su cuello, intentando inmovilizarlo, mientras alguien más doblaba sus brazos hasta el límite. 
Contó, incluyéndose a sí mismo, cuatro o cinco borrachos violentos en esa confusión. Pero, para todos, el único borracho violento, el culpable de todo era él. Es curioso, pero del camarero no se dijo nada. Quizás porque en esta historia sólo se hizo recuento de borrachos.

La única violencia que había salido de él fue una bofetada a un barman que lo había agredido previamente sobrepasando los límites de la profesionalidad, comportándose como un gorila de discoteca.

En medio del tumulto, una mujer gorda se sumó al ataque y le puso la mano en su garganta apretando. Él le torció la muñeca lo justo para que la gorda viese claro que por ahí la cosa no iba a ir bien. Ni se le pasó por la cabeza romperle la mano. No era una persona violenta. Sin embargo, en la narrativa de los demás, el violento era él. Ella era maja, le apretaba la tráquea con cariño.

Se vio metido en una situación que nunca había buscado. No había buscado conflictos en su vida. Pero ahora era el borracho violento capaz de destrozar los sueños de cualquiera. Un energúmeno.

A los que, viendo lo que pasó, lo bloquearon, inmovilizaron, retorcieron, tiraron al suelo, le rompieron la rodilla, y machacaron su dignidad, los dejó fuera de su vida. Nunca más supo nada de ellos. A esos y a todos los otros que se sumaron y decidieron que era un ser despreciable.

Al cabo de un tiempo -poco-, cuando las aguas volvieron a su cauce, esos individuos que lo maltrataron pasaron al olvido. Al lugar que siempre habían pertenecido.

El público perdió el enemigo.

Kike Fernández

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