La bestia de la valla

15 Julio 2022
La marca del bocazas

El perro no paraba de ladrar. Eran las cuatro de la mañana y ya estaba dando por saco.

No lo hacía muy a menudo, pero a veces, a media noche, se despertaba, rondaba un rato por toda la casa y acababa ladrando para que le abrieran la puerta principal para salir al jardín e ir a beber a la piscina. Se daba un par de vueltas. Meaba aquí y allí y volvía a entrar para subir de nuevo al sofá.

Esta vez fué diferente. No era el habitual ladrido seco y pausado, con un ritmo cansino. Ladraba como si le fuera la vida en ello.

Aldo hacía un rato que lo oía, pero esperaba que se callase de una vez. Al final decidió levantarse para abrirle. Se sentó en el borde de la cama y palpó en la mesilla de noche buscando el móvil para quitar la alarma.

Salió de la habitación y casi se cayó al tropezar con el perro que lo esperaba al otro lado. Le acarició la cabeza y se dirigió a la puerta para abrir y que saliese a hacer lo suyo.

El perro salió como una flecha, ladrando, y se paró en el borde de la piscina, mirando a la valla que daba al bosque.

Aldo no conseguía ver a qué le ladraba con tanta energía.

- ¿Qué pasa macho? ¿A qué le ladras? ¡Para ya! ¡Vas a despertar a todo dios! - le dijo al perro.

Tardó unos segundos en acostumbrar la vista a la oscuridad. Entonces lo vió. Era una criatura de gran envergadura que estaba agazapada encima de la valla que separaba el bosque de su jardín. Era un humanoide cubierto de pelo negro con una enorme cabeza de lobo, que babeaba mientras enseñaba los dientes.

- ¡Hostia! ¡Me cago en la puta! ¡Qué coño es eso! - exclamó para si.

El perro no paraba de ladrar y la criatura se dejó caer en el jardín. Se irguió y Aldo descubrió que era un bípedo de una enorme estatura. Empezó a avanzar lentamente hacia él. El perro reculó y entró cagando leches dentro de la casa. Aldo hizo lo mismo pero sin perder de vista a ese bicharraco gigante.

El perro, como una flecha, se metió debajo de la mesa del comedor sin dejar de ladrar. Aldo cerró la puerta con llave y fue directo a la habitación para coger el móvil, que estaba en la mesilla, y poner la alarma.

Volvió al recibidor y vió a la criatura al otro lado de la puerta. Lo veía a través del cristal, de unos noventa centímetros de alto por unos 30 de ancho, que estaba protegido por una reja. La criatura miraba fijamente a Aldo mientras el cristal se empañaba y desempañaba al ritmo de su respiración jadeante.

La alarma había detectado al bicharraco monstruoso y se disparó. Sonó el teléfono y Aldo descolgó al segundo.

- Buenas noches. Le llamamos de la central de alarmas. Hemos recibido un salto de alarma en el perimetral del jardín número uno, el que está situado en la puerta principal. Mi palabra clave es Santander. ¿Cuál es la suya? - dijo al otro lado de la línea el operador de la central.

- ¡Me cago en...! - exclamó Aldo.

- ¡Qué palabra clave ni que niño muerto! - soltó.

- Hay un bicho monstruoso en la puerta de mi casa, que está mirándome fijamente. ¡Manda ya a los polis, a los marines o a la Virgen María, pero déjate de protocolos de mierda, que esto es una emergencia! - le dijo cabreado Aldo.

- Lo siento señor, pero es imprescindible que me facilite la palabra clave para que pueda tramitar su petición - contestó el operador.

- ¡Mamón! ¡La palabra clave es "mamón" - contestó Aldo.

- Correcto señor. Procedemos a dar aviso - respondió el operador.

La alarma seguía sonando y el bicho había desaparecido de detrás de la puerta. Seguramente le molestaban los bocinazos sincopados que se le metían a uno en la cabeza, por muy bestia que fuera. Debería de estar en la parte trasera de la casa ya que se oían ruidos de cosas al caer.

Pasaron veinte minutos hasta que llegó el coche de la urbana. Prisa no tenían. Iban dos policías. Uno joven, de unos treinta años, rollo Jean-Claude Van Damme. Un chulo piscinas de esos que van de Raylan Guivens por la vida. Y el otro, un gordo cincuentón.

Bajaron del coche y llamarón al timbre.

- ¿Es aquí donde han dado un aviso de un allanamiento? - preguntó el gordo.

Aldo entreabrió un poco la venta, para que se le oyera mejor y dijo.

- Sí, es aquí, pero no es una allanamiento. Hay un bicho enorme en mi jardín y da muy mal rollo - contestó Aldo.

- Muy bien. Salga usted de la casa y abranos la puerta para que podamos entrar a echar un vistazo - respondió el gordo.

- Creo que no me ha entendido. Hay una criatura monstruosa rondando por mi casa. No voy salir a abrirles ni de coña - dijo Aldo.

- Está bien - contestó el gordo.

El policía gordo se dirigió al joven y le dijo.

- Jonatan, salta la valla y entra tú - le dijo el gordo al Jean-Claude Van Damme.

- Yo no me veo saltando esto tan alto - continuó diciendo.

El Jonatan, que era un todo por la patria, ni se preocupó en mirar si el jardín estaba despejado. Pegó un brinco y se plantó en el otro lado de la valla. Y tal y como cayó al suelo, un violento zarpazo lo mandó derecho encima de un seto de euonymus japonica aurea. Quedó inconsciente con una profunda herida en el pectoral. No sería nada grave pero lo suficiente para cambiarle la vida para siempre.

El gordo, que asomaba la cabeza por encima de la puerta exterior, vió toda la escena. Vió vómo la bestia atacaba a su compañero. Y después de exclamar un "¡coño!", desenfundó su Glock 17 y se lió a tiros con la criatura. Casi vació su cargador de 15 balas pero no le dió ni una.

Así de preparados estaban los de la urbana en el manejo de las armas. Uno, ni saltar vallas, ni disparar. Y el otro era de ir por ahí a la brava. Dos fenómenos.

La bestia se fue tanquilamente hacia el punto del muro por donde había entrado y por donde acabó yéndose.

Al contar esta historia, real, me viene a la memoria la letra de un grupo de punk radical vasco, La Polla Records, que decía: "antes era hombre, ahora es poli".

En el caso del Jean-Claude Van Damme de turno, pronto ya no sería ni una cosa, ni la otra. Con la próxima luna llena pasaría a ser una bestia... asquerosa. Un poli-lobo. Cabría algo peor.

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Kike Fernández

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